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El estudiante busca aquí y allá, lee y relee cuanto libro de ocultismo y magia cae en sus manos, y lo único que consigue el pobre aspirante es llenarse de terribles dudas y confusiones intelectuales.

Existen millones de teorías y millares de autores. Unos repiten ideas de otros, aquellos refutan a estos; todos contra uno, uno contra todos. Entre colega y colega se ironizan y combaten mutuamente; unos contra otros y todos, realmente, contra todos. Algunos autores le aconsejan al devoto que sea vegetariano, otros le dicen que no lo sea. Aquellos le aconsejan que practique ejercicios respiratorios, estos le dicen que no los practique. El resultado es espantoso para el pobre buscador, no halla qué hacer. Anhela la luz, suplica, clama y nada, absolutamente nada.

En el terreno de la vida práctica cada persona

tiene su criterio, su forma más o menos rancia de pensar. Incuestionablemente, cada cabeza es un mundo, y en todos y en cada uno de nosotros existe una especie de dogmatismo pontificio y dictatorial que quiere hacernos creer que nuestros conceptos son iguales a la realidad.

En todo caso las gentes nunca se sienten equivocadas, cada uno de nosotros piensa que su criterio es el mejor.

Lo más grave de toda esta cuestión es que millonadas de criterios equivalen a millonadas de normas putrefactas y absurdas.

Los ignorantes ilustrados resultan ser los más difíciles, pues en realidad, hablando esta vez en sentido socrático, diremos: “No solamente no saben, sino que además ignoran que no saben”.

Esas pobres gentes son autosuficientes, se hallan engreídas con el vano intelectualismo, piensan que van por el camino recto, y ni remotamente suponen que se encuentran metidas en un callejón sin salida.

El delirium tremens de los borrachos alcohólicos tiene síntomas inconfundibles, pero el de los ebrios de las teorías se confunde fácilmente con la genialidad.

La brillante procesión de ideas ofusca al bribón del intelecto y le da cierta autosuficiencia, tan absurda como para rechazar todo eso que no huela a polvo de bibliotecas y tinta de universidad.

Quieren esas pobres gentes del intelecto meter el océano dentro de un vaso de cristal, suponen que la universidad puede controlar toda la sabiduría del Universo, y que todas las leyes del Cosmos están obligadas a someterse a sus viejas normas académicas.

Pretenden los amantes de la razón escudriñar los arcanos de la Naturaleza con la pobre facultad del intelecto. No podríamos nosotros negar que la mente y la razón son útiles en el terreno de la vida práctica para realizar ciertas tareas cotidianas, pero pretender con el intelecto analizar y resolver los grandes misterios de la vida y de la muerte es como pretender observar las estrellas con microscopio o las bacterias con telescopio.

En esoterismo gnóstico se dice que “bueno” es lo que está en su lugar, y “malo” lo que está fuera de lugar. Así, el intelecto, dentro de su órbita, podríamos afirmar que es bueno, pero fuera de ella nos perjudica terriblemente.

Desgraciadamente, los ignorantes ilustrados, metidos en el recoveco de sus difíciles erudiciones, no conocen estas cosas, y ni siquiera tienen tiempo para ocuparse de nuestros estudios seriamente.

Hoy en día los sabihondos se ríen de los conocimientos esotéricos, no los aceptan, aunque en el fondo ni remotamente hayan logrado la felicidad.

Escrito está que “El que se ríe de lo que desconoce está en el camino de ser idiota”.
Después de haber envejecido entre el polvo de su biblioteca, Fausto exclamó: “¡He estudiado todo con viva ansiedad y hoy solo soy un pobre loco con una infeliz psiquis! ¿Qué es lo que sé? Lo mismo que sabía. La única cosa que he aprendido es que no sé nada”.

Las teorías han llenado el mundo de confusión y de problemas. El caos en que se encuentra la humanidad es fruto del intelecto.

Francamente he de decirles a ustedes que la erudición sin experimentación solo nos lleva al conflicto y a la lucha de las antítesis.

No podemos negar que hoy precisamente existen dos tendencias en el mundo que luchan a muerte por la supremacía. En primer lugar tenemos la corriente espiritualista, formada por todas las religiones, escuelas y creencias. Por otra parte tenemos nosotros la corriente materialista con su dialéctica, etc.

La corriente espiritualista piensa que ella, absolutamente ella, tiene la verdad. La corriente materialista, ateísta, supone que también tiene la verdad. La corriente espiritualista rinde culto al Dios-Espíritu, no importa qué nombre se le dé: Alá, Brahma, Dios, etc. La corriente materialista rinde culto al Dios-Materia, no importa tampoco el nombre que se le dé.

Son dos corrientes. La espiritualista se fundamenta en sus teorías. La materialista en las suyas. ¿Quién tiene, pues, la razón? ¿Los de la derecha o los de la izquierda?

Sin querer herir delicadas susceptibilidades diremos que ni unos ni otros conocen realmente eso que es la Verdad.

Los fanáticos del espiritualismo y del materialismo han llenado el mundo de teorías, hipótesis y suposiciones que jamás han sido experimentadas.

“El hombre que no pone en práctica su metafísica es como un asno cargado de libros”, decía Mahoma.

Las teorías ya se volvieron cansonas, y hasta se venden y revenden en el mercado... Entonces, ¿qué?

Los autores se contradicen a sí mismos en sus obras. El pobre lector tiene que beber en la copa amarga de las dudas. Las teorías solo sirven para ocasionarnos preocupaciones y amargarnos la vida.

Realmente, información intelectual no es vivencia. Erudición no es experimentación. El ensayo, la prueba, la demostración exclusivamente tridimensional no es unitotal, íntegra.

Existen latentes en nuestro interior facultades superiores a la mente, independientes del intelecto, capaces de darnos conocimiento y experiencia directa sobre cualquier fenómeno.

Debemos comprender que las opiniones, conceptos, teorías, hipótesis, no significan verificación, experimentación, conciencia plena sobre tal o cual fenómeno.

Sin orgullo de ninguna especie debemos aseverar que los estudios gnósticos constituyen un bálsamo para el insaciable buscador de la luz entre tantas tinieblas.

Amigo lector, la Gnosis le ofrece claves y procedimientos para que experimente por sí mismo y en forma científica cada uno de los elementos que integran esa Sabiduría universal.

Las teorías no sirven para nada; necesitamos ser prácticos y conocer por vivencia propia el objeto de nuestra existencia.

Con justa razón dijo Goethe: “Toda teoría es gris y solo es verde el árbol de dorados frutos que es la vida”...

 

 
 

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